24 Jun 2021

Elogio del llanto (en consulta y en la vida)

La interrupción del llanto
El llanto es interrumpido en cualquier tramo de su recorrido: sentir el calor que sube desde el pecho por la garganta (rigidizando), en el trayecto que va de la garganta a la nariz (tragando y apretando labios), en el instante de humedecer los ojos (retirando la mirada o apretando los puños).
Las interrupciones pueden venir de dentro o de fuera; y pueden ser hostiles, o bien intencionadas aunque igualmente absurdas.
Cuando viene de fuera
Las que vienen de fuera y son hostiles suenan así: Llorar es cosa de mujeres. Los hombres no lloran. Eres una llorona. Otra vez con pucheritos. Te pones fea cuando lloras. ¿No estarás deprimida, no?. Lloras por nada, te voy a dar un cachete para que así tengas un motivo para llorar. ¡Lloras, venga ya!. No seas tremendista. Lloras por tonterías. Eres un mariquita.
Hasta aquí, observamos que el verbo llorar ha quedado atado a la depresión, la falta de fortaleza, a las mujeres y a los homosexuales. Es una acción que merece una valoración devaluadora, un diagnóstico patológico o alguna discriminación de género. Esto sí que me hace ruido. Mucho.
Las de fuera y bien intencionadas, se dicen tal que así: Tranquila, cálmate (No quiero). Te propongo que respires (No quiero respirar, quiero llorar). Intenta pensar positivamente (No, estoy triste). Ya verás que todo se pasa (Ahora no se me pasa, ahora me duele). ¿Qué puedo hacer por ti? (Recogerme, tomar mi mano, abrazarme).
Cuando viene de dentro
Las que vienen de dentro se parecen a esto: Mejor no lloro, muchos están peor que yo. Este fracaso no es tanto comparado a la pérdida de un ser querido. No tengo derecho a lamentarme. Algo así como «no puedo hacer un espacio a mi dolor porque en otros es peor». O bien: Llorar me da vergüenza. Si lloro cuando tengo ganas de llorar pensarán que estoy loca. Si lloro ¿no estaré exagerando, dramatizando?. Si lloro verán que soy débil.
Vale decir, la persona anticipa que su llanto, esa fragilidad comunicable, será tratado como probablemente lo fue en su infancia y la tildaran de loca, será rechazada a continuación o, en el peor de los casos, medicada con fluoxetina.
Un dolor no actualizado
Tanto unas como otras interrupciones hablan de dolores a los que no se le hace un espacio o no se reconocen como tales. Puedo estar triste y llorar por unas vacaciones que no pude tomar el año pasado. Porque no me siento comprendida, mirada, respondida por ti, porque hay un muro entre ambos. Porque no sé qué me pasa, porque es que tengo ganas de llorar.
Sí, puedes llorar por todo eso. Llorar 3 horas seguidas, o a ratos. Alto o bajo.
Bien, como clínica, diferenciaré si se trata de una depresión que amerita derivación. Pero ahora me refiero al “llanto coloquial”. A ese de escucharte triste por el motivo que sea (y que no tratarás como una “tontería”) y llorar frente al otro.
¿Qué nos pasa que no lloramos cuando tenemos ganas de llorar?
¿Cómo es que no lloro si me siento triste? ¿Acaso no río cuando estoy alegre, me enfado cuando siento ira, o tirito cuando tengo miedo? ¿Desde cuándo el llanto ha dejado de ser un fenómeno valioso de la comunicación en la intersubjetividad?
¿Te has puesto a pensar en las consecuencias de tener ganas de llorar y no hacerlo? Que te lo tragas, te lo encierras dentro, se te forma un nudo, se transforma en rabia, en culpa, cháchara mental o resentimiento. ¿De verdad que prefieres esto? Puede que lo prefieras, pero sabiendo para qué.
Reivindico la dignidad del llanto en cualquier comunicación; poner mis lágrimas en el campo de mi relación contigo, dándome igual quien seas. ¿Acaso no cuento algún chiste y tan a gusto? Pues ahora toca a mis lágrimas.
Dedicado a una querida paciente (tu sabes).

 

Ilustración: Detalle del ojo de San Juan. El Descendimiento. Van der Weyden