Sigmund Freud entre orquídeas, narcisos y gardenias.

Freud sentía un gran amor por las flores. De niño vagaba por los bosques cercanos a Viena recogiendo plantas raras y especímenes florales. Según su biógrafo, Ernest Jones, Freud adquirió “un insólito conocimiento de las flores” y se convirtió en un botánico amateur. La belleza natural alimentaba las energías creativas de Freud que, ya de adulto, escapaba con frecuencia a las montañas para caminar y escribir.
En 1938, en su casa de Inglaterra con las flores de su jardín

 

Durante las largas vacaciones de verano en los Alpes, se preocupaba de trasmitir su amor por la naturaleza a su hijos, enseñándoles a conocer las flores silvestres, las bayas y las setas.
Freud estaba fascinado por la influencia que la belleza ejerce en nosotros: “El goce de la belleza -escribió- se acompaña de una sensación particular, de suave efecto embriagador”.
Su aroma favorito era el de los narcisos “los narcisos de los poetas” que crecían silvestres alrededor de la casa de vacaciones con su esposa Martha, y sus hijos pequeños, en Aussee, cerca de Salsburgo.
Solo había una flor más querida para él que el narciso, la “Gardenia de fragancia incomparable” que siempre lo ponía “del mejor de los humores”. La asociaba a una época de su vida, en la que había vivido en Roma, donde podía comprar una Gardenia fresca para su ojal cada día.
Fuente: “La mente bien ajardinada” Sue Stuart-Smith.
Foto de portada: Gardenia ajazminada