Lo difícil del final.

A veces, el final de una sesión de terapia es difícil: algo falta que no tengo para darle, algo queda sin conclusión o se ha perdido. La atmósfera se carga de incertidumbre, no hay palabras, como si algo se hubiese roto… para siempre.

Aprendiendo de mis errores

Separo el tiempo en el que se apacigua la angustia del paciente, de aquel en que lo oriento a examinar cuál y cómo ha sido su participación en la cadena causal de lo que hoy tanto lo aflige.
Precipitarme hacia el examen de su responsabilidad, saltándome los tiempos de recogida de su dolor (enfado, resentimiento, tristeza, miedo), es tema frecuente a tratar en la revisión de nuestro trabajo.
Impaciencia, furor curandis, salvar, hacer algo inmediatamente, caer en el pozo de la desesperación junto al paciente…todo ello no es sino dificultad para sostenerme y dar sostén, para contenerme y contener.
¿Y entonces? Entonces me doy cuenta, respiro volviendo al contacto, y continúo acompañándolo por el “terror sin nombre” de la angustia hasta hacerla pensable, simbolizable, hasta que la pacificación asome.

La soledad del terapeuta

“Nuestra soledad nos puede llevar a comportarnos de forma impaciente ante los males del paciente, porque podemos experimentarlos como el obstáculo que nos impide conectarnos más plenamente con él.
Así, lo esquizoide del esquizoide, el narcisismo del narcisista, lo obsesivo del obsesivo, puede llegar a sentirse como lo que nos separa del paciente e impide un trabajo en común más satisfactorio. En cierto sentido así es. Pero el sufrimiento del paciente es objeto de trabajo, no un enemigo personal del terapeuta. Sin embargo, en lo que sugiero que podría ser nuestra propia paranoia, podemos experimentar su mal como un obstáculo que frustra deliberadamente nuestros esfuerzos terapéuticos.
Por lo tanto, aunque el paciente puede que esté atareado tratando simplemente de ser él mismo, lo vemos como resistiéndose intencionalmente porque, debido a nuestra soledad, necesitamos que sea alguien que pueda relacionarse mejor con nosotros. Cuando es así, caemos en la posición de no solo querer que la patología del paciente disminuya, sino de necesitar que lo haga.
Creo que es nuestra propia soledad la que puede convertir las carencias o limitaciones interpersonales del paciente en blanco de nuestra impaciencia o, a veces, de nuestro desprecio. Debemos ser capaces de tolerar sin maldad todo aquello que impida en un momento dado que el paciente colabore plenamente con nuestros esfuerzos.” Sandra Buechler

Me acompaño en el sentimiento

*Haciendo espacio a lo que siento cuando lo siento
*Sintiéndolo hasta el final.
*Cuidando las palabras con las que me hablo. (Habría que instaurar el lenguaje de la no-violencia con uno mismo).

En Terapia

En terapia revelamos cosas que nunca antes habíamos revelado. El proceso anima a la persona a renunciar al pudor, a exponer su intimidad, a decir lo que nunca diría por fuera y, cuando esto sucede, se confronta con su falta, su sombra, sus errores. Y escuchamos: “Me avergüenza lo que voy a decirte” “Cómo pude haber hecho o pensado algo así?” “No me entero”.
Sí, la terapia provoca un prolongado curso de desmoronamiento narcisista. Esto es lo que la hace difícil para muchos e imposible para otros. Es lo que da a la cura su dimensión trágica.
Pero, al contrario de la tragedia griega, este derrumbe va acompañado de la elaboración de un nuevo saber y la presencia sostenedora de un otro, el terapeuta.

Tipos de Intervención

Hay intervenciones de acompañamiento, de apoyo, de sostén, de construcción de fondo, de contención, de estimulación de la conversación y búsqueda de asociaciones.
Las hay especulares, afirmativas, reflexivas, de confrontación, resolución y aceptación. Otras que invitan a ir hacia el sentir, el pensar, hacia el cuerpo, hacia el otro o a lo nuestro.
Son las intervenciones las que modulan, dan forma y transforman el campo de la relación y la vida del paciente… y las que desencadenan la formulación que ofrezco.

Pensando en la clínica

¿Dónde están las personas que no están?. Las que siento que no puedo asir, las que pierdo, las que se van, las que están pero no para intercambiar.
Están “como sí” pero no. Un “cascarón autista”[1](Frances Tustin, “El cascarón protector en niños y adultos, 1990)
¿Dónde se quedaron?
Dejo que flote mi memoria sin esfuerzo y vienen varios rostros. Seres a los que no toqué el corazón ni rozaron el mío.
Siento pena, con lo hermoso que es cuando estamos.

Ayy!

Aún leo en Face e IG que las esencias florales “quitan emociones negativas”. De ser así, sería un verdadero problema. El miedo tiene una función protectora. La culpa, una de regulación social (pensemos en la ausencia de culpabilidad del psicópata). El enfado una de defensa, y la tristeza puede indicarle a otras personas que necesitas su apoyo y consuelo. Bach fue claro en este punto de no pelearse con los defectos, de no ir en contra; vale decir: ni barrerlos, limpiarlos, centrifugarlos o quitarlos. Es bueno poder encontrar palabras que señalen hacia el efecto de las esencias florales o nos pareceremos más a personas afectadas por el afán de pulcritud Crab Apple.

Susana Veilati, Terapeuta FIoral Integrativa

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Referencias

Referencias
1 (Frances Tustin, “El cascarón protector en niños y adultos, 1990)