Egoísmo y desasosiego protector
El estudio de la esencia floral de Chicory (chichorium intybus) nos pide un recorrido por la transformación de su definición clínica a lo largo de la obra de Edward Bach.
En sus textos tempranos de 1930, agrupados en las Consideraciones fundamentales sobre la enfermedad y la curación, Bach categoriza el error fundamental de Chicory como el “egoísmo” y su virtud correspondiente como la “compasión”. En esta etapa preliminar, describe a estas personas como individuos a quienes
“les agrada utilizar a los demás para sus propios deseos” y cuya lección terapéutica radica en “abandonar el egoísmo por medio de la entrega hacia los demás”.
Dos años más tarde, en el texto Libérese a usted mismo (1932), Bach afina la observación fenomenológica y propone una nueva díada: “Retraimiento / Amor” (Restraint / Love). En esta etapa, Chicory ya no habla de utilitarismo, sino que encarna a quienes
“desean servir y tienen el aspecto de amor ya bien desarrollado”, pero que, paradójicamente, “permiten que las influencias externas controlen el flujo de este amor”.
Aparece aquí la observación del estado de un, digamos, “desasosiego” protector: pacientes que se preocupan en exceso por sus allegados, interrogando constantemente sobre sus necesidades —si sufren frío o calor, o qué desean hacer— y generando, con esta actitud, una profunda tensión en el entorno.
La definición definitiva cristaliza el cuadro dentro del 7ª Grupo, el de los remedios para quienes manifiestan una “preocupación excesiva por el bienestar de los demás”. Bach consolida la esencia describiendo a aquellos que
“están muy atentos a las necesidades de los otros; tienden a cuidar con exceso a los niños, a sus familiares, amigos, y siempre encuentran algo que enmendar”.
El núcleo de la intervención queda expuesto en su necesidad encubierta de retención: están
“continuamente corrigiendo lo que consideran erróneo” y “quieren que aquellos por los que se preocupan permanezcan cerca de ellos”.
El mandato no dicho y la creación de una deuda
El mandato no dicho que rige a la persona en estado Chicory se formula en una premisa dolorosa: “Yo doy sin que me pidan, pero yo tengo que pedir. Yo adivino lo que el otro necesita, pero nadie me adivina a mí”. Chicory anticipa, resuelve y se adelanta constantemente a la necesidad del otro, pero, en el mutismo de su entrega, espera ser cuidado exactamente del mismo modo.
Se instaura así una contabilidad secreta que convierte en deuda los sacrificios nunca pactados con quien los recibe. El nudo del conflicto reside en la fabricación de un crédito moral sin llegar a explicitarlo jamás. La rabia y la explosión emocional surgen precisamente cuando el entorno no reconoce una factura, o bien, por algo que recibió sin pedir, o por algo que recibió pero que desconocía que tenía un precio a pagar. En ese desencuentro no aparece únicamente la tristeza; aparece el agravio. El cuidado dispensado se transforma de forma automática en una deuda no devuelta. Normalmente se evita a los Chicory agravados diciendo: “En cualquier momento me pasará factura”
La escena de degradación: El pánico a necesitar
Este cuidado anticipatorio mantiene a Chicory en el lugar de quien no necesita. Desde esta posición, pedir no constituye un intercambio afectivo; representa una escena de degradación. Pedir ayuda (y no recibirla sin pedirla) se experimenta como un esfuerzo insostenible, una exposición intolerable y, sobre todo, una humillación.
Pedir humilla porque coloca al sujeto en el sitio que más intenta no ocupar: el de alguien vulnerable que necesita y que queda irremediablemente pendiente de si el otro responde. Por ello, prefiere cuidar antes de que el prójimo tenga que solicitarlo, pues articular la demanda implica quedar demasiado expuesta a la intemperie del rechazo. En su vivencia interna, pedir equivale a perder rango, a ceder dignidad descendiendo de la solidez de quien sostiene para caer en quien suplica.
La herida de valor y el derrumbe de la fantasía
La frustración de este mecanismo trasciende lo práctico para internarse en una herida de valor. El discurso psíquico dicta algo mucho más rotundo: “Si no sabes ayudarme, entonces no te intereso lo suficiente”. Existe la convicción de que el cuidado solo es verdadero cuando el otro registra su carencia antes de que le sea necesario formular la demanda.
Para esta estructura relacional, que el otro se anticipe no significa recibir ayuda; es la señal irrefutable de que se existe dentro de su mente y de su afecto. Si se ve forzada a explicar demasiado, a pedir o a enseñar cómo debe ser cuidada, siente que ya no está siendo albergada, sino que se encuentra gestionándose a sí misma frente a un extraño.
La experiencia de no ser adivinada es, fundamentalmente, una herida de valor. En el fondo, no reclama asistencia logística ni favores concretos; lo que pide es reparación. Una herida antigua se cuela en el presente y cae sobre el vínculo actual con una carga afectiva desproporcionada para el momento que se vive. Y entonces se rompe la fantasía central: “si cuido, me cuidarán”.
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