¿Cómo abordamos las dificultades de pareja que traen nuestros pacientes a consulta?
Una paciente dice que su pareja es fría. Otro asegura que su marido la controla. Alguien no consigue irse de una relación que le hace daño; otra persona no entiende por qué, cuanto más intenta acercarse, más se aleja el otro. Pero ¿qué estamos escuchando realmente cuando un paciente nos habla de su pareja? ¿Una descripción fiel del otro, una escena construida entre ambos, una defensa, una repetición, una relación desigual… o varias cosas a la vez? En consulta, la pareja entra muchas veces por la voz de una sola persona. Aprender a escuchar lo que ocurre entre dos sin simplificarlo, sin repartir culpas demasiado pronto y sin dejar pasar señales importantes exige una mirada clínica fina. De eso trata este escrito como preámbulo a los dos seminarios prácticos que daremos sobre este tema.
No hace falta ser terapeuta de pareja para encontrarse continuamente con la pareja en consulta.
Nuestros pacientes dicen: «No me escucha», «cada vez que intento hablar se encierra», «quiero dejarle, pero no puedo», «me engañó», «todo lo que digo acaba en pelea», «dice que exagero».
Normalmente tenemos delante a uno solo de los miembros de la pareja. No vemos directamente lo que ocurre entre ambos: escuchamos una experiencia y una relación narradas desde un determinado lugar.
Y esto plantea una primera dificultad: ¿cómo comprender una relación cuando solo conocemos a uno de sus integrantes?
¿Hasta dónde tomamos como cierta su lectura del otro? ¿Cómo acompañamos su dolor sin convertirnos inmediatamente en aliados contra una pareja que no está presente? ¿Y cómo evitar lo contrario: relativizar tanto lo que cuenta que no advirtamos una relación profundamente dañina?
¿Es frío o se retira? ¿Es controladora o insiste?
Una paciente dice que su marido «es frío». Otro afirma que su pareja «es controladora». Son palabras comprensibles, pero clínicamente pueden encerrarnos demasiado pronto en identidades fijas.
¿Qué ocurre si, en lugar de preguntarnos cómo es esa persona, observamos qué hace cuando algo importante de la relación se siente amenazado?
Una mujer intenta hablar. Él guarda silencio. Ella insiste. Él se retira más. Ella eleva el tono. Finalmente él explota y ella llora.
¿Quién tiene el problema?
¿Él calla porque no le importa o porque teme desbordarse? ¿Ella insiste porque quiere controlar o porque siente que está perdiendo el contacto?
Y, quizá lo más interesante: ¿qué hace cada uno que provoca precisamente aquello que más teme?
Él baja la intensidad para sentirse seguro; ella la sube para recuperar seguridad. Cuanto más hace uno lo que necesita para calmarse, más alarma al otro.
Ahí tenemos un circuito.
Cuando la protección se convierte en problema
Muchas conductas que deterioran una relación comenzaron intentando protegerla.
Resolver puede ser una forma de cuidar. Callar puede intentar evitar una pelea. Adaptarse puede conservar un vínculo. No pedir puede proteger del rechazo.
Pero ¿cuándo dejan de proteger?
Una paciente cuenta un problema y su pareja le ofrece soluciones. Él cree que ayuda; ella se siente cada vez más sola. Ella aumenta su malestar para que él comprenda; él se siente cada vez más inútil.
¿Quién está fallando ahí?
Quizá ninguno y ambos.
Otra persona comprende perfectamente los motivos de su pareja: su cansancio, su historia, sus miedos. Lo comprende tanto que apenas sabemos qué quiere ella.
¿Es comprensión o renuncia? ¿En qué momento entender al otro se convierte en una forma de dejar de pedir? ¿Cuánto puede sostenerse una relación sobre necesidades que nunca llegan a pronunciarse?
Cuando las diferencias construyen la pareja
«Yo soy la responsable; él, un desastre.»
«Ella es emocional; yo soy racional.»
A veces las diferencias que inicialmente resultaban atractivas terminan exagerándose hasta convertirse en posiciones fijas.
Cuanto más irresponsable considero al otro, más cosas asumo yo; cuanto más asumo, menos necesita asumir el otro.
Entonces, ¿estamos describiendo una característica individual o una posición que ambos han ido construyendo?
¿Hasta qué punto terminamos interpretando el personaje que la pareja espera de nosotros?
El antagonismo puede incluso convertirse en una forma de identidad compartida: algunas parejas se reconocen precisamente en la discusión y la oposición.
¿Y las parejas que nunca discuten?
También pueden inquietarnos.
Hay relaciones en las que uno de los dos se adapta tanto al otro que apenas queda diferencia. Todo parece funcionar hasta que, inesperadamente, alguien dice:
«Ya no puedo más.»
La otra persona responde: «Pero si estábamos bien».
¿Lo estaban?
¿O uno llevaba mucho tiempo dejando fuera partes importantes de sí mismo para conservar la relación?
Hay parejas que pelean demasiado y otras en las que no está permitido pelear nada. Ambas pueden tener dificultades para alojar la diferencia.
Cuando uno se convierte en «el problema»
También escuchamos relaciones organizadas alrededor de papeles rígidos: uno «el fuerte» y otro «el frágil»; uno «el sano» y otro «el enfermo»; uno «el responsable» y otro «el caos».
A primera vista parece sencillo saber dónde está el problema.
Pero ¿qué ocurre si el que siempre cuida necesita también que el otro siga necesitando cuidados? ¿Qué sucede cuando la identidad de uno depende de que el otro continúe ocupando determinado lugar?
No se trata de repartir culpas al cincuenta por ciento, sino de preguntarnos qué sostiene esa organización.
¿Quién sabe lo que siente el otro?
«Tú no estás triste, estás enfadada.»
«Lo haces porque eres igual que tu madre.»
«No te hagas la víctima.»
Hay una diferencia considerable entre intentar comprender a nuestra pareja y decidir que sabemos mejor que ella lo que siente.
¿En qué momento interpretar al otro deja de ser comprensión y se convierte en invasión?
Algo parecido ocurre cuando las palabras y el tono cuentan historias diferentes.
«Haz lo que quieras, cariño», puede contener permiso, resignación, enfado o desprecio.
¿Qué escuchamos: las palabras o la relación que esas palabras construyen?
¿Y qué ocurre cuando alguien reacciona a una hostilidad que nunca fue formulada abiertamente y después escucha que se la está inventando?
Infidelidad: ¿qué se rompe exactamente?
Tras descubrir una infidelidad suelen aparecer preguntas insistentes:
«¿Desde cuándo?»
«¿Qué fue verdad?»
«¿Cómo no me di cuenta?»
«¿Qué tenía esa persona que yo no tenía?»
Podemos pensar que se ha roto la exclusividad. Pero ¿es eso todo?
Puede romperse también la confianza en la propia percepción, la historia que la persona creía haber compartido, su sensación de pertenencia y la seguridad depositada en el vínculo.
¿Por qué algunas infidelidades producen un sufrimiento que parece desbordar ampliamente el acontecimiento presente? ¿Qué otras experiencias de abandono, rechazo o traición se reactivan?
Y ¿cuándo conviene empezar a buscar explicaciones y cuándo lo primero es poder reconocer la magnitud del impacto?
No todo conflicto es recíproco
Hay todavía una pregunta imprescindible.
¿Estamos ante dos personas atrapadas en una secuencia defensiva o ante una relación en la que una de ellas está siendo sometida?
Humillación continuada, intimidación, aislamiento, amenazas, vigilancia, control económico, miedo…
¿Dónde termina el conflicto de pareja y comienza la violencia emocional?
Una lectura demasiado centrada en «lo que hacen los dos» puede resultar profundamente injusta cuando existe una relación de poder asimétrica.
Necesitamos distinguir: ¿hay dos personas que todavía pueden escucharse y negociar o una de ellas ha comenzado a perder libertad, seguridad o confianza en su propia percepción?
La pareja entra en consulta aunque venga una sola persona
Quienes acompañamos terapéuticamente a adultos tendremos que pensar una y otra vez estas cuestiones.
No para decidir por nuestro paciente si debe continuar, separarse, perdonar o dejar de amar.
Tampoco para hacer una terapia de pareja imaginaria con alguien que no está en la habitación.
Nos interesa aprender a leer mejor lo que aparece en su relato: qué se repite, qué movimiento provoca otro, qué miedos entran en juego y dónde todavía hay posibilidades de negociación.
Y también poder preguntarnos: ¿estamos ante una diferencia que necesita comprensión, un conflicto que puede trabajarse o una relación de la que la persona necesita protegerse?
A estas cuestiones dedicaremos los dos encuentros de El amor en conflicto: dificultades de pareja en consulta.
En el primero nos detendremos especialmente en los movimientos que construyen los conflictos cotidianos: acercarse y retirarse, pedir y desconectarse, cuidar y resolver, adaptarse y acumular resentimiento, polarizar las diferencias y terminar viendo al otro como adversario.
En el segundo entraremos en situaciones que requieren mayor discriminación clínica: intimidad y sexualidad, sobreadaptación, pactos silenciosos, roles rígidos, desconfirmación, dobles mensajes, infidelidad, trauma relacional y violencia emocional. También nos preguntaremos hasta dónde intervenir desde una consulta individual y cuándo es necesaria una derivación.
Trabajaremos con escenas y casos clínicos, y veremos esencias florales de Bach y FES relacionadas con algunos de los estados afectivos abordados, de manera comprensible también para quienes no trabajan con terapia floral.
No será una formación para hacer terapia de pareja.
Será una oportunidad para aprender a escuchar mejor qué ocurre cuando el amor entra en conflicto.
Susana Veilati



