Para situar la lectura que sigue, es importante mencionar que este texto es un extracto adaptado de la conferencia que tuve el honor de impartir en el marco del VII Congreso Nacional de Medicina Integrativa, organizado por SESMI (Sociedad Española de Salud y Medicina Integrativa).
El encuentro tuvo lugar en Bilbao los días 29 y 30 de noviembre de 2025. Mi ponencia, titulada “La desconexión generalizada del sujeto hipermoderno”: ¿qué ajustes pide a la práctica de la Terapia Floral Integrativa?, abordó precisamente los retos que plantean los pacientes contemporáneos en nuestra consulta floral. Acompaño estas líneas con el cartel oficial del evento (ver imagen adjunta) como referencia visual de ese encuentro y del horario en que se realizó.
La Terapia Floral Integrativa ante los nuevos padecimientos
Para quienes nos dedicamos al acompañamiento terapéutico a través del mundo vegetal, la figura del Dr. Edward Bach sigue siendo un faro de sabiduría. En 1930, los objetivos del creador de la Terapia Floral fueron muy claros: “armonizar el alma con la personalidad y ‘corregir el defecto’” (Bach, 2004). En aquella época, el paciente tipo vivía bajo una moral victoriana rígida. Su sufrimiento nacía, casi siempre, del conflicto entre sus deseos internos y las normas sociales de su entorno; es decir, de la represión y la inhibición. Las esencias venían a disolver esas corazas para que la personalidad se alineara con los dictados del alma.
Sin embargo, el reloj de la historia no se detiene. Como bien señala el psicoanalista y psiquiatra Carlos Nemirovsky (2021):
“Entre 1930 y este horizonte de 2025, el mundo ha cambiado y, con él, la forma en que los seres humanos sufrimos y deseamos, los cambios se producen porque la construcción de la subjetividad cambia, y se generan nuevas maneras de enfermar, otras psicopatologías que llevan a proponer nuevas teorías”.
Hoy en la consulta ya no recibimos de forma mayoritaria a aquel paciente victoriano estructurado, sino a lo que llamo el sujeto hipermoderno: una persona con la psique fragmentada, abrumada por la prisa y envuelta en una profunda desconexión generalizada. Los males del alma han cambiado, y nuestra mirada clínica ha de evolucionar con ellos.
Las Tres Caras del Sufrimiento Actual
El dolor de nuestros consultantes actuales ya no se expresa solo en forma de “culpa por desear lo prohibido”, a ello se ha sumado una dolorosa falta de arraigo y de sentido. Este malestar contemporáneo se sostiene principalmente sobre tres situaciones:
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El Vacío de Sí (El cuerpo deshabitado): Es común recibir a personas atrapadas en un aburrimiento crónico o en una crisis existencial profunda. Para no sentir ese vacío, recurren a poliadicciones, a la hiperproductividad o a conductas compulsivas. Vivimos en una sociedad que empuja a dejar el cuerpo deshabitado. El filósofo Maurice Merleau-Ponty (1999) definió la dimensión somática como un “cuerpo vivido”, es decir, “un territorio sensible que guarda memorias personales, sociales y ambientales que no tienen palabras”. Cuando el paciente se desconecta de ese territorio sensible, deja de escuchar sus propias señales biológicas y emocionales, enfermando desde la anestesia del cuerpo no habitado.
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Identidades difusas: Asistimos a una suerte de epidemia de inautenticidad donde muchos funcionan desde un “falso self” (una máscara para agradar al entorno que cubre al “verdadero self”). En lo laboral, esto se traduce en lo que se ha dado en llamar, el síndrome del impostor: personas que cosechan grandes éxitos externos pero arrastran una profunda vacuidad interna. En el plano de la afectividad, esta flexibilidad también se manifiesta en la identidad. El terapeuta Joe Kort (2025) nos recuerda, respecto a la fluidez sexual como elección válida, que “las preferencias sexuales pueden cambiar a lo largo de la vida”. Navegar estos cambios sin referentes estables genera en el consultante una confusión crónica que requiere un espacio terapéutico libre de juicios y lleno de contención.
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Vínculos frágiles: Vivimos la era de la “conexión sin contacto”. La tecnología nos permite estar hiperconectados digitalmente, pero las relaciones se vuelven líquidas y asustadizas. Existe una sutil disociación que impide estar presentes de verdad; nos comunicamos compartiendo pantallas, pero evitamos el riesgo de la intimidad profunda y el encuentro real de mirada a mirada.
La respuesta de la Terapia Floral Integrativa (TFI)
Frente a este panorama, hay una premisa que todo terapeuta floral experimenta tarde o temprano: las esencias florales son simples, pero el consultante, la relación y el contexto no lo son. Para abordar una psique fragmentada no basta con dar una flor para la prisa o una para el miedo; necesitamos un recorrido clínico detallado. La Terapia Floral Integrativa (TFI) organiza este abordaje a través de varias vías operativas, hoy mencionaré solo 4:
1. El territorio (¿Dónde estamos?)
El primer paso es saber con qué apoyos cuenta el consultante. Para ello, la TFI utiliza un recurso conversacional llamada Círculo de Vínculos Significativos (CVS). Este recorrido gráfico ayuda a diagnosticar la red relacional del paciente (familia, amigos, trabajo, redes sociales, etc.). Nos permite ver con nitidez de dónde puede recibir sostén nutricio y si la fuerza, en estos momentos, debe provenir de su entorno, del propio espacio terapéutico o de sus recursos internos. Y hacia allí orientaremos la intervención.
2. La Mirada (¿Qué estamos viendo?)
El ser humano es un entramado complejo. La TFI propone una mirada multidimensional que abarca seis ventanas esenciales: la intrapsíquica, la interrelacional, la somática (el cuerpo sensible), la contextual (el impacto socioeconómico) y la transpersonal (la búsqueda de propósito).
A ellas se suma la dimensión transgeneracional, pues los dolores que tratamos muchas veces no empezaron en el paciente. La herencia emocional ha dejado de ser únicamente un objeto de análisis narrativo para convertirse en una diana de intervención estructural (Atlas G. (2023), y vibracional.
Asimismo, la ecopsicología amplía este horizonte al situar la experiencia humana señalando que “la subjetividad no se construye solo en el vínculo humano, sino también en diálogo con el mundo vivo que sostiene y afecta al paciente: lo más que humano” (Abram, 2000). Sanar exige también reconectar con la red de la vida animal, vegetal y mineral.
3. La Práctica (¿Cómo intervenimos?)
En el espacio de sesión aplicamos la Escucha Clínica Orgánica (ECO). Se trata de una escucha empática y profunda que no solo atiende a las palabras, sino también a lo que no ocurre: los silencios, la rigidez corporal o la desconexión emocional. El terapeuta busca captar la “grieta en la defensa”, ese instante mínimo de auténtica vulnerabilidad donde el paciente deja caer la máscara. En ese momento, mediante el uso de metáforas o símbolos, le devolvemos una lectura de su historia que le permite dar un nuevo sentido a lo vivido.
4. El recurso (¿Con qué consolidamos?)
Aquí es donde la formulación floral cobra toda su fuerza como un anclaje evolutivo. En la TFI, siguiendo las bases del trabajo clínico integrativo (Veilati, 1999, 2013), las flores no se eligen de forma aleatoria para tapar síntomas, sino que se organizan en tres niveles de la estructura de la sesión:
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La Figura (lo manifiesto): esencias destinadas a calmar el motivo de consulta urgente o la crisis actual.
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El Medio (lo emergente): esencias que acompañan y acogen las emociones que van saliendo a la luz a medida que el paciente se abre.
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El Fondo (lo latente): remedios de estructura que sostienen los rasgos profundos de la personalidad y los patrones antiguos.
De este modo, la formulación se convierte en un testigo silencioso que el consultante se lleva a casa, prolongando el efecto de la sesión y fijando en su vida diaria las comprensiones y el alivio alcanzados en el espacio terapéutico.
El sufrimiento ha cambiado su rostro, es cierto, pero la naturaleza humana sigue buscando el mismo puerto: ser vista, comprendida y acompañada en su complejidad. El abordaje actual nos pide actualización y una mirada más amplia, transformando nuestra práctica en un puente entre la tradición floral y la psicología contemporánea.
Susana Veilati. TFI
Referencias bibliográficas
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Abram, D. (2000). La magia de los sentidos: Percepción y lenguaje en un mundo más que humano. Editorial Kairós.
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Atlas, G. (2023). Herencia emocional: Una terapeuta, sus pacientes y el legado del trauma. Paidós.
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Bach, E. (2004). Obras completas del doctor Edward Bach (J. Barnard, Comp.). Océano Ámbar.
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Kort, J. (2025). Terapia con clientes LGTBIQ: Problemas clínicos y estrategias de tratamiento. Desclée De Brouwer.
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Merleau-Ponty, M. (1999). Fenomenología de la percepción. Editorial Trotta.
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Nemirovsky, C. (2021). La realidad en nuestra práctica, el psicoanálisis en transición. IARPP Buenos Aires. https://iarppba.com.ar/wp-content/uploads/2025/07/la-realidad-en-nuestra-practica-el-psicoanalisis-en-transicion-C.-Nemirovsky-diciembre-2021.pdf
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Veilati, S. (1999). Tratado completo de terapia floral: Flores de Bach, nueva generación y orquídeas. Edaf.
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Veilati, S. (2013). Terapia floral integrativa: Recursos, actitud y valores en la consulta y la enseñanza de la terapia floral. Edaf.







